Por su culpa se perdió el Contrato Colectivo de Trabajo más robusto de la industria minera y de todo el país. Más de siete décadas de beneficios para los trabajadores se diluyeron por los caprichos de un impostor y de eso nadie habla. Por culpa de Napoleón Gómez Urrutia, Napillo, los mineros dejaron de gozar de un contrato que no se repetirá nunca.

El contrato que existía en Cananea era, por mucho, el más benéfico. A los mineros se les pagaba la luz y gas en su casa; no dependían del IMSS, pues se atendían en el hospital Ronquillo, privado y de primer nivel y en Estados Unidos. Gozaban de una gran cantidad de días de vacaciones, aguinaldo, ascensos por antigüedad y otras prestaciones.

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